jueves, diciembre 10, 2009

Impossible is nothing

Hubo un tiempo en que yo jugué al fúbol. Voy a decir esto con humildad y con sinceridad, como debe ser. Hubo un tiempo en que yo jugué al fútbol, y era el mejor. Ahora no lo soy, pero aprendí a serlo en otras cosas. Entonces, para aprender a serlo, veía este vídeo. Se lo dedico a quien encuentra notas entre los héroes y las tumbas, metafórica y literalmente.




sábado, diciembre 05, 2009

Etcétera

El derecho biológico al silencio, al lenguaje y a hacerse preguntas es eso, un derecho biológico. Las preguntas suelen proceder de (estar motivadas por) las cosas, las personas, o el agua. Del agua proceden mis preguntas. Por eso, esta noche, junto a un buen amigo, pasé a preguntarme de inmediato qué motivación podría tener un ginecólogo para elegir esta profesión. Después qué motivación reside bajo aquellos médicos que se decantan por convertirse en urólogos. En tercer lugar, por qué no existen urólogas. Y en cuarto lugar, es cierto que todo el mundo comparte la misma sensación de no saber qué hacer cuando le cantan cumpleaños feliz? Etcétera, dijo la noche.

jueves, diciembre 03, 2009

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Llegará un día en que el hombre no dejará
de dormir y velar a la vez. Yo digo, Novalis,
que el día ha llegado. Si no esperas
lo inesperado, no lo hallarás. Yo digo, Heráclito,
que yo lo he hallado. Oh estaciones, oh castillos,
¿qué alma no cae en el error? Yo digo, Rimbaud,
que mi alma no cae en el error. Amada
imaginación, lo que más amo
en ti es que jamás perdonas. Yo digo, Bretón,
que jamás he perdonado. Shakespeare montó el espectáculo
con diez mil mariposas. Yo digo, Rojas,
que conozco diez mil mariposas
en este lado del paraíso. Un buen verso quizá sólo sea
el lado valiente de un cobarde. Yo digo, Búnbury,
que aquí tienes mi valentía. Leer el diccionario
como un libro de horas. Yo digo, Iglesias,
que yo soy el libro y yo soy las horas. Porque un cuerpo bello
debe ser percibido en su totalidad. Yo digo, Aristóteles,
que lo he percibido todo en su totalidad. Quizá sea éste el momento
de ganarle al olvido
lo que una vez él supo ganarle al corazón. Yo digo, Basilio,
que éste es el momento
que yo soy el momento
que gozo somos
y en gozo nos convertiremos. Algún día
deberemos devolverle al universo toda
la belleza que le debemos. Yo digo, amor,
que éste es el momento.
Que vamos a ganarle al olvido
todo lo que una vez él supo ganarle al corazón.
Que vamos a devolverle al universo
toda la belleza que aún le debemos.

Que éste es el momento.

Yo digo, amor,
con la serenidad de los que todo lo saben,
que éste es el momento
de decirnos:

el día es llegado.

lunes, noviembre 30, 2009

V.H. / W. S.

Si de algo sirve confesar los pecados, uno de los que yo debo confesar es que nunca me gustó (demasiado) Shakespeare. Fuera de la música, tampoco me gustó nunca el inglés. El siglo pasado, cuando gustaba más aprender francés que inglés, a la gente le gustaba aprender francés por interés hacia una cultura, una literatura, y estas cosas. Ahora la gente aprende inglés por razones estrictamente comerciales, mercantiles, es decir, no por razones de amor, como el caso anterior, sino por razones de cobarde. Por eso yo siempre me negué, en parte, a aprender la lengua del imperio, preferí quedarme con mi humilde dialecto que hablan casi cuatrocientos millones de personas aquí en el barrio, y tratar de explorar hasta los últimos secretos de esta lengua que aprendí de boca de mis padres, para usarla por mi barrio lo mejor posible, y si me era dado, qué vaya si lo es, pues hasta no sólo usarla, sino leerla. Y yo sé que nuestro cerebro está preparado para aprender todas las lenguas del mundo, pero aprender a utilizar una sola lengua hasta sus últimas consecuencias, aprender a hacer de cada palabra un poema, de ella a través conocer los límites y no-límites de la poesía de todas las cosas y todas las formas posibles del tiempo, es un esfuerzo equivalente al de aprender todas las lenguas del mundo. Por si acaso, Cela, cuando le preguntaban si hablaba alguna lengua más aparte del español, contestaba: "¡Dios me libre!" Pues eso, encuentre yo la libertad de Dios en una sola lengua, para besar con ella después todo lo existente. El caso es que en la universidad tuve que cursar dos asignaturas de literatura inglesa. Es cierto que podría haber elegido literatura francesa, donde había pocos, pero muy guapas, literatura alemana, que nadie sabía que existía pero de la que hablan maravillas, o italiana, que era la que aprobaban todos. Pero no sé por qué, elegí inglesa. Supongo que la inercia de haberla tenido como asignatura en la enseñanza obligatoria. Hasta los genios a veces nos dejamos llevar por la inercia, o sea. Es cierto también que pude haber cambiado la asignatura un año después. Pero para qué. Tantas ganas iba a tener de leer a Joyce como a Baudelaire, el problema no era la literatura, sino la lengua, y en ese aspecto, todas me iban igual, así que, a qué. El caso es que me senté una tarde con unas décimas de fiebre y abrí una edición de Shakespeare que recogía Hamlet, Otelo, y Los dos hidalgos de Verona en un español perfecto y me puse a leer, a ver qué pasaba. Leí Hamlet. Bien. Después Otelo. Bueno. Y de los dos hidalgos me aburrí demasiado pronto. Preferí estudiar los culos femeninos durante un rato por mi ventana. El libro que yo tenía de Shakespeare era de un rojo casi huidizo, de pastas duras pero valientes, y páginas de olor a desván de esos a los que no te dejan entrar tus abuelos. Tras estudiar unos cuantos culos y establecer relaciones inmediatas, vasalláticas y precias entre uno de ellos con una naranja, envuelto en mi bata de 2 grados bajo cero, me acerqué de nuevo al libro. Lo giré con un dedo (yo seguía pensando en los culos) (o eso creo) (lo digo por lo del dedo) y entonces me fijé que a las tres obras las precedía un prólogo y estudio de Víctor Hugo. Eso ya me interesó más. Y estábamos a lo de confesar los pecados. El segundo pecaso que debo confesar es que me tragué las seteinta y cinco páginas de Víctor Hugo de un tirón. Y me gustaron más que Hamlet. Me pareció que había más literatura en ellas que en todo lo que las sucedían. El primer pecado confesado era parcial, porque tras las páginas de Víctor Hugo, Hamlet comezó a gustarme. Pero el estudio de Víctor Hugo era magistral. Maravilloso. Fue entonces cuando comencé a preguntarme de dónde había sacado ese libro, porque era una edición antigua, no lo compré, ni lo robé, ni lo pedí prestado. Y aún hoy me sigo preguntando de dónde lo saqué. El caso es que me presenté al examen decidido a ser Víctor Hugo. El examen había que hacerlo en inglés, pero yo ni en inglés, ni en el Corte Inglés, podía ser Víctor Hugo, al que me había aprendido de memoria en español, así que me presenté y con dos huevos hice el examen en español y olé. El examen consistió en vida y milagros del Beowulf, vida y milagros de Guillermo Shakespeare y un comentario de un poema que ni si quiera recuerdo. El Beowulf -atentos, va el tercer pecado de la noche- nunca me gustó lo más mínimo. Pero los comentarios de Borges sobre el Beowulf me encantaban. Así que hablé del Beowulf como si fuera Borges. Con Shakespeare me limité a escribir todo lo que en mi memoria había cabido de Víctor Hugo. Y en cuanto al poema, bueno, como en los presentes casos de Borges y Víctor Hugo, mis comentarios siempre eran superiores a la literatura que comentaban. Había más poesía en mis comentarios que en los poemas, así que no era problema.

Cuando recogí mi papeleta en ella no había escrita calificación alguna. En el lugar de la calificación había una nota a mano del profesor que ponía: "pase por el despacho". Fui al despacho. Me senté. Puse mi papeleta delante. A lo que el profesor exclamó: "ah, es usted". "Sí -pensé (o eso creo)- soy yo". Como una afrenta me puso el examen delante. Tras un silencio que no hubiese soportado un chino de dos metros interpretando a Hamlet (ví esta situación hace ocho años, un chino enorme de dos metros interpretó a Segismundo, a Hamlet, y a Don Quijote en sesiones seguidas), me dijo: "me ha escrito usted el examen en español". "Lo sé", repuse. "Y a qué se debe". "Pues mire, la verdad, se debe a que yo no sé inglés, pero sí sé literatura inglesa. Nadie más que yo se lastima de no poder leer a Shakespeare en su propia lengua. Pero tampoco nos engañemos, nadie lo lee en su propia lengua, porque hasta los que lo hayan leído en inglés, lo leen en inglés actual, no en inglés isabelino. Aparte, Shakespeare es de tal categoría que se han hecho de él las mejores traducciones, se han preocupado de ello, así que uno no pierde tantas cosas como se perderían en otros casos", etcétera. Algo más añadí, pero no viene a cuento, o quizá no me acuerdo. Desde luego, se me evaluó como a un estudiante que se había saltado a la torera las directrices del examen, pero en justicia, también se me evaluó como a Víctor Hugo. Ahora que lo pienso, unas páginas escritas a la limón por Borges, Víctor Hugo y uno que entiende de su siglo cosas que pertenecen a un siglo que llegará dentro de un siglo, deberían mover a lágrimas. Aquel hombre que tuve delante lo sabía sin saberlo, y actuó en consecuencia.

El caso es que estos días con unas décimas de fiebre, recordé mi edición de lujo de Víctor Hugo, acompañado por unas notas a pié de página de Shakespeare, y volví a leerlo. Confieso mis pecados. Me gusta más ese estudio magistral de Víctor Hugo que Shakespeare. Y, por cierto, he descubierto que a Víctor Hugo conviene leerlo con unas décimas de fiebre.

viernes, noviembre 20, 2009

Lugar del encuentro

Para Rocío García Linares

Lentamente elabora su curva la memoria.
Qué hermosura en las manos
que diseñan sin más el horizonte.
Qué hermosura en la piel antes de ser
materia justa para el sueño.
Lentamente va alzando en su hermética cintura
un camino pensado para el aire.
Utiliza materias que proceden del fuego
pié, huella, paso, pié
y se curva religión abandonada.
Con qué exactitud dobla el mar sobre la ropa
y conjuga su madera y limita su acabado.
Va tensando la cuerda de un extremo a otro,
(igual que el tiempo tensa todo aquello que toca).
Como dictan los dioses.

"No hay guerras. No hay destinos.
En la palabra reino está la negación del rey.
En tu mano está todo lo que aún no conoces.
Tu mano es el verano. Tu mano es el descenso.
Inventarás allí la arena
en la boca de los niños.
Tu serás la belleza pronunciable.
No lucharás. Con este arco, Apolo,
deberás aprender a dominar las distancias":

lunes, noviembre 16, 2009

El trabajo dignifica al hombre

Al parecer Karl Marx, en un momento de inspiración, dijo: "el trabajo dignifica al hombre". Al parecer, Benjamín Franklin lo repitió hasta la saciedad. Al parecer, algunas personas dudan de mi capacidad de sacrificio. De mi capacidad, por ejemplo, para levantarme a las siete de la madrugada cada día para ir a trabajar. Quizá estaría bien recordar que sé que mi tiempo es limitado, que sólo tengo esta vida, al menos yo, y por tanto, como no me gusta levantarme a las siete de la mañana, no pierdo mi tiempo ni mi vida haciendo algo que no me gusta. Por ejemplo. Sin embargo, es significativo (incluso para mí) observar que nunca me haya temblado el pulso a la hora de levantarme a las siete de la mañana para acompañar a alguien con quien he hecho el amor a la estación, para escribir un poema que me ha estado rondando toda la noche, o para hacer rock and roll. Lo que más ensalza la Iglesia sobre Cristo es su redención (su sacrificio). Pero en lo que más se demora la Biblia es en contarnos cómo Jesús pasaba la mayor parte de su tiempo bebiendo vino y charlando con los amigos -que llaman eufemísticamente apóstoles. Es decir, viviendo la felicidad elemental. Si la Biblia es un libro sagrado, por algo será. He escuchado a mucha gente decir, ante un futbolista mediocre: pero es un atleta. Sí, es un atleta. También esuché decir a Ángel Cappa una vez: es un atleta. Pero esto es fútbol. Cuando un atleta llega, acaba. Cuando un futbolista llega, empieza. Borges decía que el trabajo de un poeta, a diferencia de los demás, es incesante, porque no conoce el descanso. Porque la poesía no conoce el descanso, la poesía en constante y está en todo, incesante. Conozco al menos a dos personas, y una soy yo, que trabajan 24 horas al día, la mitad para subsistir, y cuando acaban, en vez de irse a la cama o a jugar al parchís, comienzan su trabajo. Me gustaría saber qué opinión nos merecen aquellos que cometen atentados contra la belleza. O, dicho en palabras más sencillas, cotidianas, cuántos madrugones han servido para la belleza. Porque los que no lo hayan hecho no merecen el título de Hesíodo: Los trabajos y los días. Ni el de Umbral: Los placeres y los días. He conocido a un poeta que es un héroe. Porque consiguió sacar su plaza de funcionario a pesar del bombardeo incesante de poesía que cada día, cada minuto, cada segundo, se producía en su cerebro, y se le pasaba no por la cabeza, sino por el corazón. Porque no renunció a un sólo verso durante la esclavitud, ni a una sola responsabilidad durante los verso. Él es mi maestro, como yo soy el suyo. Al parecer, el trabajo dignifica al hombre. Pero me permito decir que cuando alguien le dice a su esclavo que la esclavitud lo dignifica, lo que pretende es convencer al esclavo de que siga siendo su esclavo. Al parecer, la frase fue contundente: mucha genialidad y todo lo que tú quieras, pero no vale para trabajar. Me permito afirmarlo, librarme de las contradicciones que nunca tuve, y estoy citando a un poeta verdaderode la belleza y del tiempo, y no de los libros. Sí, desde luego, me permito decir que estoy de acuerdo: no valgo para trabajar, no valgo para ser estúpido y, mucho menos, para ser esclavo.


La próxima vez que lleguen a alguna conclusión, que sea alguna conclusión que yo no sepa.

martes, noviembre 03, 2009

Cuestión de tiempo

Observo al dirigente de una empresa aleccionar a sus trabajadores. Hacia el final de su discurso no duda en citar a los E.E.U.U  y reiterar contundentemente: "¡El tiempo es oro, joder, el tiempo es oro!" (time is money), respaldado por no menos contundentes golpes en la mesa. Acabada la charla, y retirados a distendido e íntimo lugar, me pregunta qué tal ha estado. Le digo la verdad, persuasivo. Claro que, qué grito no es persuasivo, y más dado desde una posición incontestable de autoridad. Voy a dejar al margen que, igual que una conversación es la forma sencilla del diálogo platónico, que una carta es la forma sencilla de la epístola literaria, o que cualquiera de los relatos cotidianos es la forma elemental de la novela, como muy bien nos recuerda Juan Antonio González Iglesias en su poema "Formas simples", voy a dejar al margen, digo, que, al igual que eso, siempre he pensado que los altos empresarios, los jefes, y cualquier cargo de autoridad en general, con contadas excepciones, son la forma elemental, sencilla, de los dictadores y tiranos, y que, por tanto, yo jamás estaré en la misma posición que la de ese empresario con más de doscientas personas calladas y dispuestas a acatar cualquiera de sus palabras, por inteligente o estúpida que sea. Pero, mientras me marchaba, no he podido evitar pensar que si huiera sido yo el que hubiese estado en su lugar, y hubiese tenido a doscientas personas delante a su cargo, dispuestas a acatar cualquier cosa que yo dijera sin ponerla en ningún género de duda, en vez de citar a los E.E.U.U, yo hubiera citado a los Mayas y me hubiese pasado media hora dando soberanos golpes en la mesa (y no puedo dejar de ver los vasos de agua y las copas de vino vibrando de emoción) al grito de: "¡El tiempo es arte, joder, el tiempo es arte!".

lunes, noviembre 02, 2009

Y así sucesivamente

El -inmenso, por cierto- poeta Víctor Manuel Pérez Mateos, durante unos días de estancia en mi casa para inspirarse, me recuerda que Artaud y yo nacimos el mismo día. Esto me recuerda una frase de Artaud: hay una poesía de los sentidos igual que hay una poesía del lenguaje; ¿cómo es posible que para el teatro occidental no haya otro teatro que el del diálogo?, ¿quién ha dicho que el teatro deba ser algo simplemente psicológico? Esto me recuerda una frase de Jodorowsky: ¿y quién ha dicho que nuestra misión es tener hijos y llegar a viejos? Esto me recuerda el sentido de muchas de las cosas que hago, y de por qué las hago como las hago, en mi vida. Y así sucesivamente.

viernes, octubre 30, 2009

Instrucciones para entender la belleza


jueves, octubre 29, 2009

He was the king

Para Óscar Borona, por décima vez

Noche lleva en la chaqueta.
Brazos, manos, pies, cintura:
DNI de su hermosura.
Es el último profeta.
Tras él la piel no se mide.
Sexo da a quien sexo pide.
Sin camisa. Radio. Muevo
mis pies. Una mujer. Miro.
La belleza contra el tiro.
Gracias, Majestad, de nuevo.





miércoles, octubre 28, 2009

José el violinista

Escucho en la radio que no sé qué tribu india (se me escapó el nombre), en su iconografía religiosa, siempre pinta a San José con un violín, porque tiene la firme convicción de que José sedujo a María tocando el violín. Yo, que salí durante un tiempo con una mujer que tocaba el violín, es decir, que soy, en rigor, alguien que sabe, a ciencia cierta, qué tipo de hombre se dejaría seducir por una mujer que toca el violín, me he preguntado qué tipo de mujer sería aquella que se dejaría seducir por un hombre que toca el violín.

viernes, octubre 23, 2009

Arapiles. Creo.

Sé que debo morir en la hermosura. De otra forma, no es posible. Estrenando sala de ensayo estrenando tema. Estrenando disco. Estrenando el tiempo y el espacio a nuestra imagen y semajanza. No es posible tanta belleza si no se cree en ella. Creo. Bendito el cuerpo, que ya sabe todo lo que nosotros no sabemos.


jueves, octubre 22, 2009

Poema para una adicta al sexo



También en


La habitación donde sueño y donde amo está preparada para que sólo puedan ocurrir en ella estas dos cosas, y para que ocurran con la máxima intensidad, de manera radical, para que ocurran allí donde la hermosura pierde sus límites, para que ocurra hasta donde ya no se puede ir más allá. Para que esto sea posible, no sólo podía depender exclusivamente de mi cuerpo y de mi mente. Esto es un ejemplo del uso delicado de lo subliminal. Encima de mi cama, ligeramente esquinado, se encuentra este poema visual. Aviso para caminantas. Así, subliminalmente, todo, todas, todos, se van preparando para la belleza que, pillándoles en medio, va a suceder.

miércoles, octubre 21, 2009

Posturas

Ahora que Óscar Borona y Santander trazarán nueva alianza, estaba pensando en decirle que la última vez que pisé Santander estuvimos allí los dos juntos. Que la última vez que estuve en Santander fue en hermoso eterno viaje allí con él, que la última vez que estuve en Santander estuvimos allí durmiendo juntos, inaugurando juntos el agua en la misma cama de noventa, bajo las mismas sábanas con la misma arena, abrazados durante toda la noche. Y que eso era motivo suficiente para no tener miedo. Pero mientras iba pensando esto, me he dado cuenta de otra cosa. Me he percatado de que la única forma en que soy capaz de dormir es en la postura del abrazo. Siempre, todos los días de mi vida, he necesitado tumbarme en la postura del abrazo para lograr conciliar el sueño con el día o con la noche. Cuando he dormido acompañado, siempre abrazado a la persona que dormía a mi lado, cosa que, por cierto, me ha procurado unas cuantas maravillosas anécdotas. Y cuando he dormido solo, siempre con la almohada en posición paralela a mi cuerpo, y abrazado a ella. De otra forma, no sé dormir, no puedo dormir. Creo que ser un hombre que sólo sabe dormir tumbado en la postura del abrazo dice de mí más que muchas otras cosas.



Óscar Vegue y David Borona en Santander






Óscar Borona y Alberto Santamaría en Santander. Nadie conoce el inconcebible placer que existe en poder contemplar a los dos mejores poetas que he conocido conversando frente a mi.

Algunas personas nunca se habrían enamorado si no hubieran oído hablar del amor